Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como microficción

Juan del Monte

Recién anocheció y estoy sentado arriba de un árbol en medio de un jardín que me es muy familiar. En el campo, cerca de la calle, el árbol es lo único que me pertenece –o por lo menos, el único lugar en el que tengo permitido estar–. El paisaje me es familiar, como si me hubiese pertenecido en el pasado, pero apenas tengo nueve o diez años y no tengo otro pasado que éste. No obstante, sé que toda esta casa y todo este campo me perteneció. O fue propiedad de otro Juan. Uno mayor que yo, uno previo, con el que estoy emparentado de alguna manera.  Se oyen ahora las voces de unos niños más o menos de mi edad. Vienen por la calle de tierra, arriando vacas u ovejas. Vacas, creo. Ignoro quiénes sean. No solía haber niños por aquí –aunque no tengo recuerdos claros–. Pero estos niños sí que conocen esa calle por la que andan. Se ríen, pero temen. Hay algo de legendario en esa casa frente a la cual están pasando con su ganado. Hay algo de mito monstruoso. Puedo sentir en el frío finísim...

El legado de Gabriel Rondau (2)

A Pablo Schipani Se llamaba Constantino Echeveste, de profesión inventor. Su último artefacto patentado (aunque artefacto es un término inadecuado) era una especie de casquito de alambre con broches sobre las orejas especialmente adecuados para sostener una gran cantidad de papeles (media resma de cada lado, por poner un ejemplo). El inventor profesional, quiero decir el que se dedica a inventar, no es en esta época una persona tan prestigiosa como pudo serlo en el siglo XIX. Puede decirse que hoy se patentan más ideas geniales que automóviles, o incluso salen más nuevos inventos que blogs. Y por supuesto que ya nadie revisa con seriedad los argumentos o los mecanismos de un invento, ni siquiera sus proyecciones prácticas. Se patenta el nombre de una idea, mientras que su contenido y funcionalidades quedan para siempre olvidadas en un sobre lacrado y en la mente hipocondríaca de su creador.  La policía encontró restos de papel y masa encefálica en los azulejos del baño. L...

Nescafé

Tenía la obsesión de que el café instantáneo le quedara bien espumoso y la implacable convicción de que un hombre sin obsesiones no sabe lo que es el amor. Por eso, cada vez que sentía olor a café pensaba en ella y en las ganas de espumarla que tenía. Tanto se obstinó después en tratar de olvidarla, que desde entonces sólo toma té con limón o más bien una limonadita tibia oscurecida con gotitas de té. A veces lo sigue inquietando el sabor amargo de las semillas en el fondo de la taza.

Goteras

Mi casa se hunde. El agua llegó desde el Este como una mortaja piadosa que lo cubrió todo. Ya nada me pertenece, ni la planta sembrada por Utnapishtim en el fondo del océano, ni el living en el estómago del Gran Bacalao. –Tendré que inventarme otro Diluvio, doctor, uno menos hipertextual.  Cansado de la angustiosa repetición de la literatura, no hay demiurgo que me saque del tedio y la desesperación. No hay más bifurcaciones por aquí, los senderos desembocaron en una dársena muerta.

Usura

Sólo eso faltaba. Que hasta el último hálito del espacio racionado haya sido fumado con sus finas (in God) y verdes (We trust) hebras incinerándose en el hornillo de su pipa. Pateó el canasto de los residuos y los bollos de papel se escandalizaron sobre la alfombra sucia y poblada de ácaros y diminutos arácnidos dorados. Hizo un garabato sobre los papeles y ya estaba hecho. Ya no tenía nada. Nada de nada. Y se asomó al balcón para observar desde la altura. Si cayera desde aquí a lo sumo me rompería una pierna; con suerte caería de cabeza y una fractura de cara me hundiría todas las muecas en el cerebro, aplastando toda idea de vida en la que me obstinase. O si la suerte se presenta más decididamente aún en mi contra, me quebraré la columna y engrosaré las filas de los paralíticos que venden esas boletas de lotería que no tienen sabor a tabaco. No había más muebles en esa pieza de alquiler, salvo el tacho y un revistero viejo. Aunque el baño estaba casi completo. En ese mismo espejo,...

Lunar

Lo que comenzó como una imperfección de la piel, un lunar o verruga erecta, acabó por brotar primero dedo auxiliar, después miembro indeciso y más tarde tentáculo incipiente. Pensó que podría nadar y se internó en el océano agitando su cuerpo blando para darse impulso. No necesitaba en ese medio más que una gran cabeza ovalada y unos cuantos tentáculos flexibles.  Nadó por ocho horas. Y llegó finalmente al otro corner de la oficina, en el que acomodó casi 300 biblioratos en orden alfabético, cumpliendo con exactitud la demanda absurda de su jefe. Al terminar del día, lo asaltó una incertidumbre brutal: ¿Cómo acomodaría sus tentáculos en una cama?

Payasada

Y es un poco de historia repetida, que venga a decirse que yo (por estos dichos o por otros, siempre y cuando no aparezca el verdadero culpable ante ese tribunal absurdo) no reparo en basuras como esa que ahora se oye de que yo ando repitiendo los gags y que interrumpo el show en momentos diferentes para tratar de confundir al público a fin de que no se den cuenta de que una misma historia, más o menos renovada, ha sido representada una y otra vez desde el principio de los tiempos. ¿Es que no han visto aún que dos circos son iguales así estén en Lujan o en Camboya, y que el rojo es el rojo y el blanco es el blanco? Por mí pueden todos morirse literalmente de una última carcajada que les haga escupir su hipócrita y biliar sonrisa. Llevo una calavera con nariz esférica. Caigo de un cubo de madera y me golpeo la cabeza sin pelo con el manubrio de la bicicleta que al sonar una bocina hace que se desajusten los tiradores que sostienen mis pantalones sobre un par de zapatos exageradamente...

Mortimer

Los nudillos apoyados sobre la mesada, la boca torcida en una mueca de desprecio, los hombros que le cubren las orejas, y el rayo que se vierte en ángulo desde un sol imaginario hasta una luna psicodélica acurrucada en la espuma de la esponja. Acaba de caerse un vaso de vidrio y no me va a quedar otra que meter la mano en el agua enjabonada para cortarme las yemas con una de las astillas. En un segundo, no bien termino de nacer ya estoy contrayendo alguna infección que borrará de la memoria de mis parientes los hechos más irrelevantes de mi vida. Se imprimen en mi córnea catálogos de actividades que no habré concluido, que nunca empezaré, que no quise contar. Me siento estrangular por un temor a desaparecer, bajo la irrefrenable guillotina de la memoria selectiva de mis parientes. Que sólo se acordarán de obras importantes. Quedará de mí el oscuro mito que inventé para hacerme olvidar. En verdad, seré lo oscuro y un pensamiento que se apaga. Se olvidarán de la tos, del colectivo, de...

Medular

Tiene que ser un esdrújulo, algo con nombre escatológico, muchas jotas y vocales cerradas y sonidos guturales impronunciables. Tenés que ser un esdrújulo, incipiente, vulcánico, brillante y oleoso al lado de mi nariz. Al lado de la nariz en el espejo del baño. Tan agudo en la cima como grave en la base, dolías y dolés. Te veo en el espejo, acumulando humores por adentro, forzando la nariz a alejarse oblicua de su fuero. Aterrada, como queriendo salvarse de esa inminente y feroz fatalidad. Quiere oler más allá, quiere escaparse de. Era preciso extirparlo. Pero ante la sola idea de verse reventar tan indignamente, la bestia escatológica, temeraria, pujaba con más fuerza apelando a la mayor dolencia concebida. El dolor, o su inminencia, es la causa de mi inercia estática, hoy como ayer. Era preciso estallar desde las vísceras. Y mientras tanto vos, que te burlás de mí desde el espejo, perversa y cínica, acentuada y rígida, replegada a las antepenúltimas sílabas de tu existencia con e...

Contraluz

No estaba en la ventana. Pero la vi en puntas de pie, desnuda, inclinada hacia el vacío, asomada al martes de febrero en el que habíamos amanecido juntos. De éste lado de la ventana, en la habitación a oscuras, creí tocar una mano con mi mano. Su piel parecía ahora más clara, tal vez por la resolana. El pavimento irradiaba vapor y pesaba plomadas con un amanecer como ese a cuestas. Ni un rayo toca mi mano, y no sé si rocé mi izquierda con mi diestra porque una de ellas no siente. Sigo con mis ojos abiertos sobre su espalda para recorrer la curvatura de su espina desde la nuca y por sus omóplatos rectilíneos realzados por los brazos que se sostenían del marco albino de la ventana. Cuál de ellas sos, de espaldas al oscuro y el doble saludo al sol que quema la imagen. Mis pupilas contraídas ven cada vez menos. Busco el roce nuevamente y ya ni encuentro mi izquierda. Creo que tu cuerpo se ha consumido con la luz de la mañana. JPC

Locus ubi

Silencio de sepultura. Mis talones de madera reverberan en las paredes macizas. El eco de mis pasos que llegan pasa junto al eco de mis pasos que se fueron. Mirando fijamente al atrio, cuya luz de intenso índigo señala fragmentos de estatuas doradas y subraya a Dios (o lo que es lo mismo, le pone suelo), busco un asiento apartado y siento la culpa de haber hecho ruido al arrastrarse el pesado ébano. El chofer hace ademanes y la noche le devuelve muecas y bocinazos mudos. Llegaré a Cerrito y Corrientes a las once, espero estar sobrio para cuando ella se aparezca. Para estar a la altura de las circunstancias. Espero estar muerto, cuando ella se esfume, y el chofer apague el pucho entre sus piernas de humo. JPC

Inerte

Y si no abro los ojos es por miedo a que sea verdad. A que toda esa legión de demonios y vampiros realmente esté ahí, rodeando mi cara como un abanico de lanzas. Pero no me duermo porque sé que están también del otro lado del sueño y trasponer ese líquido umbral que separa la noche del día sería entrar en su territorio. Por eso me quedo quieto y sostengo con más fuerza las frazadas que cubren mi boca, dejando siempre la nariz afuera para no ahogarme. Porque ahogarme también sería correr el riesgo de caer en sus garras y tenazas. No voy a moverme. No me llames. No voy a moverme. Apenas si juego con la esperanza de que el día los calcine. Que al salir el sol una potencia ultravioleta acabe con todos ellos y uno por uno revienten en polvo y sombra. Solo espero no sentir sus partículas cayendo sobre la piel de mi cara. Sus finísimas partículas –polvo de polvo– que al estallar volaron atraídas por la ley de gravedad hasta tintinear imperceptiblemente sobre mis poros, hacia mis poros. ...