Recién anocheció y estoy sentado arriba de un árbol en medio de un jardín que me es muy familiar. En el campo, cerca de la calle, el árbol es lo único que me pertenece –o por lo menos, el único lugar en el que tengo permitido estar–. El paisaje me es familiar, como si me hubiese pertenecido en el pasado, pero apenas tengo nueve o diez años y no tengo otro pasado que éste. No obstante, sé que toda esta casa y todo este campo me perteneció. O fue propiedad de otro Juan. Uno mayor que yo, uno previo, con el que estoy emparentado de alguna manera. Se oyen ahora las voces de unos niños más o menos de mi edad. Vienen por la calle de tierra, arriando vacas u ovejas. Vacas, creo. Ignoro quiénes sean. No solía haber niños por aquí –aunque no tengo recuerdos claros–. Pero estos niños sí que conocen esa calle por la que andan. Se ríen, pero temen. Hay algo de legendario en esa casa frente a la cual están pasando con su ganado. Hay algo de mito monstruoso. Puedo sentir en el frío finísim...
Juan Pablo Cozzi, insistiendo en el bloguismo desde 2009. ¡Ahora en colores y con ilustraciones!