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Mostrando las entradas etiquetadas como papel film

El tesoro vedado

Termina el penúltimo capítulo de Una serie de eventos desafortunados y Jeremías tiembla. Con apenas siete años, está experimentando una forma de la ansiedad a la que Netflix lo somete con absoluta malicia. Su mundo se vuelve insípido y soso. Se le ven las costillas y el hambre le transparenta la piel. Pero no quiere comer hasta no saciar el otro hambre: el de la cucharada de azúcar mágica que sale de la pantalla.  Termina el último capítulo de la serie y los protagonistas cuelgan de un barranco. Jeremías contiene el temblor y estalla en llanto. ¡Cómo puede terminar así! Lo veo retorcerse como el insecto inconforme en que lo han convertido. Tendrá que esperar un año para saber si caen o no caen. Le han confiscado, con total perversidad, el tesoro del relato.  ¡Netflix, me cago en tus muertos!  Jeremías y yo tenemos un plan. Lemony Snicket (Daniel Handler) ya escribió esta historia y se puede leer completa. El spoiler es a la Industria lo que el trueque es al...

Domine-moi

Ella es todo lo que no se supone. Yo, Narciso en jaque mate.  No son espejos sus ojos felinos, sino abismos de lo otro. Algo imposible de poseer –valga infinitas veces la aliteración–, que me hace inevitablemente suyo. Con total ineptitud trato de seguir mi guión, mi propia lectura del esquema. Pero ella vino para cambiarlo todo, para infectar el sentido con un universo completamente ajeno y despreciable.  Abre sus piernas de alienígena y no deseo otra cosa que una cadena en mi cuello para ser ganzúa sujeta a su llavero. ¡Domine-moi! Cubre su desnudez con criaturas muertas y quiero ser la piel que adorna su cuello imperfecto. ¡Domine-moi!  El amor no existe. Mi guión revela huecos semánticos. La Venus no vino a llenar de sentido el texto. Vino a instalar madrigueras, agujeros inéditos, mazmorras nuevas donde habitaré impaciente esperando que su boca de trufa vuelva a pronunciar mi nombre. La Vénus à la fourrure, Roman Polanski, 2013

Say my name

Incluso el cáncer, monstruo fantástico de nuestra era, átomo de toda mutación, es insuficiente para justificar la transformación de Walter White en Heisenberg. Nada lo empuja a cruzar la línea de la legalidad, más que su propia elección.  Ahí es donde se puede individualizar el ladrillito lego con el que se construye el argumento de toda la serie. Una estructura micro que se reproduce de modo fractal: pongo a White frente a una encrucijada, lo veo decidir por el camino más eficaz.   El foco no está puesto sobre la cuestión moral o la neurosis. Heisenberg calcula las repercusiones en una milésima de segundo y no duda en elegir la fórmula perfecta. La precisión matemática de su pensamiento, al igual que su extraordinaria capacidad de ver por anticipado las colateralidades desencadenadas, le dan la ventaja.  Él sabe de qué está hecho su argumento. Sabe dónde empieza y termina cada ladrillo. Cómo encastran y cuáles son las posibilidades creativas. Lo ve todo, por...

Bastardillas sin gloria

Escena uno. El demiurgo hace una demostración infalible. Entra a nuestra casa a montar el simulacro de una conversación amena. Esto es entretenimiento puro. Sólo estamos charlando mientras fingimos prestarle más atención a su retórica que a esa gota fría que tiembla de pánico en nuestra sien. Toda estructura moral se vuelve líquida y hacemos un esfuerzo por mantener la compostura, seguir el hilo discursivo, conquistar la trama. Sacamos nuestra humilde pipa de raíz de cerezo, obedeciendo a la fantasía de que el humo de tabaco puede servirnos de máscara ante el espanto. Pero él busca en sus bolsillos y desenfunda una pipa exageradamente grande. El cínico fuma, no por el placer del sabor de la madera, sino porque el humo es su esclavo. Las formas que dibuja en el aire ilustran su argumentación. Una muestra de ignomancia que nos reduce a insignificantes testigos de la grandeza. Temblamos. El miedo es un dragón de humo de tabaco. Y el artífice ha hecho de nosotros exactamente lo qu...

Besar a ojos cerrados

Molly encarna dos lutos. El de la amada fiel que, pasivamente, deja ir al amado a ese lugar del que nadie regresa es uno, el más fácil de ver. Es el de la Penélope que teje. El segundo transcurre en una dimensión híbrida, la que se abre como un portal entre lo esencial-irreal y lo evidente-sensorial. Es esta línea dispuesta a dilatarse (hasta ser lo mismo que dos labios abiertos) para que el argumento cumpla el propósito de su existencia. Por eso mantiene cerrados los ojos y abierta la boca. Para eso, y para no ver que se está transando a Whoopi Goldberg. Porque Penélope debe destejer para seguir amando, hacer desaparecer punto por punto el texto en que se hallaba enunciada. Sam, por su parte, experimenta dos muertes. La del nombre que no quiere dejar de ser pronunciado y la del silencio quebrado. Por eso puede volver a encontrarse solamente con la boca de la amada, que es donde está el nombre. Mientras tanto, lo normal, lo exterior, lo real, sigue siendo algo pareci...

A la vuelta de la esquina

No es que el Rey de los Duendes sea tan tramposo, sino que todo laberinto es cambiante y todo acaba siendo laberíntico cuando uno está dispuesto a perderse.  Tal vez no se trate de encontrar la salida –que a fin de cuentas, está a la vuelta de la esquina, como el Oráculo del Sur–. Lo que cada laberinto necesita del aventurero es el poder de multiplicarse, casi equivalente a una polinización. Ni el camino, ni el caminante pueden desdoblarse por sí solos, pero puestos a enroscarse uno sobre el otro, no hacen más que reproducir infinitas versiones de sí mismos hasta agotar el espacio. Labyrinth, Jim Henson, 1986

Oceanic 815

Si antes de decir que el narcisismo de los hijos es el narcisismo de los padres Freud no había visto Lost, estamos fritos. Es que tal vez, como en Lost, todo se trate de narrar ininterrumpidamente buscando aplazar lo más posible el velorio de un padre.  Tal vez eso piensa Jack Shephard cuando mira al horizonte y se sabe eternamente solo, pastor de ovejas y cirujano de supervivencia. Tal vez incluso piensa, mientras se rasca el tatuaje que dice "camina entre nosotros, pero no es uno de nosotros", que la supervivencia también es una excusa obstinada en dilatar la muerte a toda costa. O tal vez solo lo intuye y no tiene palabras para nombrarlo, porque está quedándose escaso de vocablos, las temporadas han transcurrido en un abrir y cerrar de ojos y ya no hay isla ni náufragos ni osos polares. La memoria colectiva expira profundamente y el binomio padre-hijo concluye para siempre. Lost, Lieber-Abrams-Lindelof, 2004-2010.

No hay náufrago sin ironía

Más que la isla y los cocos, más que la tormenta o la balsa improvisada, lo que especifica al náufrago como tal es su condición de víctima de una ironía. No la esperanza del guardacostas o el helicóptero, ni la soledad del hombre cara a cara con las fuerzas naturales, sino su reducción a títere, a guante pintado en la mano de la ironía.  Chuck lo intuye mientras mira con amargura el filo del patín que hará con su muela lo que en el lado convexo del mundo está haciendo su odontólogo con Kelly. Ese patín, cuyo único rasgo distintivo sea quizás su disponibilidad para el desliz, es la parte por el todo.  Mientras tanto, múltiples naufragios me amenazan, al verme reflejado en la cara del actor. Cast Away, Robert Zemeckis, 2000.

El segundo principio

Nemo espera desramificarse. Tiene la suerte de ser el último moribundo, y eso lo vuelve superpoderoso. Encarará el reverso de las cosas como mascarón de proa de cara al maremoto. Se le ha brindado el lujo más valioso de todos (y a la vez, el menos solicitado), volver a sufrir todo por segunda vez desde una carcajada vertiginosa hasta el principio de los días.  Quiero su suerte. Quiero caer con él hacia arriba y, a brazos abiertos, reblandecer el asfalto hasta que el aire sólido me sustraiga cada vida posible. Volver a ser urgencia, potencialidad, impulso a desatar, molécula inquieta. Mr. Nobody, Jaco Van Dormael, 2009

A medio camino del equinoccio

Lo que nunca supo Phil Connors fue que cada mañana la marmota despertaba en su mismo día loopeado. Porque lejos de tener la habilidad de pronosticar el fin del invierno, el animalejo tenía el poder de plegar el tiempo y el espacio de modo de hacerlo caber en su madriguera. Todo lo que quería era que nunca terminara su hibernación, quedar replegada en su escondrijo hasta que Dios se aburra y se muera, o hasta que los animales aprendan lo que es el suicidio. Pero cada vez que asomaba su hocico, la mínima anticipación de su sombra la obligaba a ejercer la cronomancia.  Ha llegado a mis oídos la versión de todo se trata de múltiples marmotas asomándose para ver si les fue posible devenir Nada. Pero en su corazoncito de roedor, cada una sabe que al intentarlo se desdoblan, y que en eso consiste la expansión del universo. Groundhog day, Harold Ramis, 1993

Ruido Blanco

(Con su permiso, Sagan) Fiel al despropósito de estar sola en el mundo, Eleanor pone toda su atención al silencio. Casi como por fuerza de su propia voluntad, resulta que hay ruido allá fuera. Como si al cerrar los ojos, comprimiendo con párpados pesados el poco mundo que la rodea, fuese capaz de dar vida en el vacío. Y eso que viaja desde el extremo cóncavo de una galaxia no es sino el mensaje de la niña que volvió la frente a las estrellas para dejar de oír el canturreo inhóspito de los sapos y los grillos. Se ha encontrado una cigarra en la nada y la ha hecho suya, como si no lo fuese (suya, digo), como si no fuese su ceño fruncido el demiurgo de toda vida extraterrestre. Contact, Robert Zemeckis, 1997 

El pájaro que muere hasta cantar

A Nicanor Plaf Cara de Pájaro espía desde un andamio que cuelga del techo de The Paradise. Su mirada hemisférica se posa sobre el monigote que ostenta glam y rock en el centro del escenario. Pero Winslow –cuyo nombre empieza y termina con la W de su creador– es un Fausto pentagramado y todavía cree que su poder no ha mermado con la firma del contrato. Se obstina en creer que sobrevivirá a los cisnes y a los payasos, pero mientras tanto se vuelve fantasma vengador, y juega a que todos le deben una. Interpreta su papel como un maestro, cumple su venganza y su trágica apoteosis.  Tal vez sí sobreviva (quién te dice), pero habrá pasado su tiempo con un casco de pico puntiagudo que le abocina la voz y le oculta algunas teclas del piano: es difícil precisar si las blancas o las negras. Phantom of the Paradise, Brian de Palma, 1974

Cadillacs y dinosaurios

En un rincón de su Cadillac, Max Cady lee alguna novela de John MacDonald. De pronto, mirando una página en blanco, se peina, se saca un pedazo de lechuga del colmillo y se decide. El humo de su habano va cobrando la forma de una cabeza con cuatro ojos. Y mientras tiene lugar esta metamorfosis, los párrafos siguientes del libro languidecen hasta palidecer por completo. Las páginas que siguen ya son blancas o siempre lo fueron. Y un reflejo de mueca cínica sobrepuebla las hojas. El humo se hizo calavera y Cady ya dejó de ser libre. Cape Fear, Martin Scorsese, 1991 

Has bailado con el diablo a la luz de la luna

En la ciudad de las gárgolas y las cúpulas hay una marginalidad exquisita. Es la de los bellamente desquiciados, criaturas oblicuas que se definen por un puñado de rasgos en común, a saber, doble identidad, alguna máscara, un resentimiento eterno y la necesidad compulsiva de hacer algo con esa otra mayoría de la población: la que se reduplica a sí misma cada día, gente decolorada y de fondo, personajes apenas bocetados cuyas muecas nunca están del todo trazadas, salvo para el encuentro con los esquizos góticos. La Ley es el límite infranqueable que divide una sociedad en las proporciones de un iceberg: ocho novenas partes hundidas en lo indefinido y una fracción que, a flote, se enfrenta a sí misma para saberse existente, competitiva y autosuficiente. Batman, Tim Burton, 1989 

Conservas en ambar

Haber sido mosquito jurásico. Grande para ser mosquito pero ínfimo entre los titanes reptiloides, procuró valerse de una buena dosis de humor y hemoglobina inflando su fuelle hasta el límite de sus capacidades. No pudo volar muy lejos en estas condiciones; y si soñaba con poner sus huevitos en la bella araucaria, no pudo cumplirlo porque la resina es tan atrayente, tan pegajosa. Agotó sus últimas moléculas de oxigeno mientras luchaba remando a seis brazadas en la miel de los pinos. El aire se acaba, pero sus ojos, vidriosos en el ámbar fosilizado, nunca dejaron de ver. Así vio pasar generaciones de cocodrilos y tortugas, peces mamíferos caminando en la playa, enormes ratas de pelo negro, simios humanoides y hombres simiescos. Hasta que el ojo capitalista de McPato o del viejo Hammond vio al tiranosaurio a través del ojo del mosquito. Hoy descansa su mirada, finalmente, y su cuerpito de momia-insecto ya es constelación entre los grandes, porque será siempre como ahora, el Padre d...

Cuadrado de los catetos

Sentado en su bañadera, hundiéndose lento y majestuoso como Febo en el océano, el maestro Sol recuerda la anécdota de Arquímedes: la clave está en la mujer. “Tomáte un baño”. Es una cuestión de perspectiva, como si la mujer tuviese una mejor capacidad para tomar distancia del problema. Pero Arquímedes, a punto de ahogarse, mira el color del agua desalojada y razona que tal vez su mujer sólo quería por una vez acostarse junto a un cuerpo limpio. Max Cohen no se baña hace meses y se cree más cerca de Pitágoras, aunque en realidad solo se bañó una vez, como Heráclito. Cada mil años, un matemático pone el tacto en el agua, que no por casualidad y no por capricho tiene por símbolo un triángulo con el vértice hacia abajo. Pi, Darren Aronofsky, 1997

Veo gente muerta

Cansado de escuchar lamentos sobre padres violentos, madres ausentes y madrastras asesinas, el Dr Malcom Crowe decidió retirarse de su profesión de caza-fantasmas-neuróticos y flotó hasta el campo en busca de paz. En el camino, se le apareció más gente muerta de la que podía soportar. Acudían a él por su consejo profesional, primero un espíritu de ojitos claros que quería recuperar a su novia Demi que se había hecho lesbiana con una medium negra llamada Whoopi después de una tremenda noche de trío en la que el invisible había quedado notablemente afuera de la fiestita. Más tarde se topó con un arcaico espectro que todavía intentaba comunicarse con su hijo homónimo. También un ectoplasma maniático llamado Gozer el Destructor quien por algún trauma misterioso odiaba los campamentos y acariciaba una miniatura del hombre de Michelín. Cuando el Dr. Crowe creyó haberse librado de todos los aparecidos y llegó finalmente a su rancho en el campo, la visión de una mujer lo conmovió un insta...

De profundis

Después de desintegrar la mesa, el piso, el primer nivel, el subsuelo, la osamenta y el casco de la nave, la sangre que saltó del octópodo alienígena que el oficial Kane tenía adherido a su cara siguió socavando la estructura misma del relato. El monstruo siempre viene de lejos (y como vimos, lejos es profundo). Como Drácula llega de las profundidades carpatianas para atormentar la moral victoriana, o Hyde llega desde lo profundo de un doctor desdoblado, el Octavo Pasajero viene del espacio insondable para detener el latido de un manojo de terrícolas xenofílicos. H.R. Giger sintió los pinceles derretirse en su mano como relojes de Dalí, y Ridley Scott terminó descubriendo un hueco en el fondillo de su jean. El humo es un poco verde y se evapora rápidamente. Alien, Ridley Scott, 1979 

Un juguete para niños

No es que se haya desayunado que no hay propósito para su existencia, es que ser peón de ajedrez en un tablero de damas le resulta insoportable. Quijotea ansioso su sueño de guardián espacial, pero ya es un sueño vacío, y el que se ha sentado a jugar trae dados en su mano. Lightyear grita que deberían ser sesenta y cuatro baldosas y no un centenar y que con dados no se juega. Pero apenas alcanza a ver al homúnculo (qué Dios detrás de Dios) que tensiona el brazo hacia atrás con el dado en el puño, y lo suelta como látigo para (la Trama empieza) incrustarlo entre su ojo amoratado y su casco astronáutico. Toy Story, John Lasseter, 1995

Los rulos de Sarah Connor

En los argumentos con viajes en el tiempo suelen encontrarse paradojas. Algunas más literarias, otras simplemente falaces. Sin embargo, tal vez toda falacia sea potencialmente literaria, conforme el ojo con que se lee. La mayoría de las veces, el viaje al pasado genera un bucle en el curso temporal (siempre entendido como espacio, como línea). Esto es porque nadie viaja al pasado solo para mirar, y mucho menos cuando uno es enviado a proteger a esta rubia de rulos que se supone que es la madre de nuestro líder revolucionario en el futuro. Algo me atrae de ella, no puedo decir qué es, pero es una pulsión enajenante. Ahora estoy acostado sobre su cuerpo abierto para dejar en el fondo de su útero mi pequeño aporte a la causa. Ya no sé quién me envió, ya no soy el que vino, porque será otro hijo y amigo de otro que soy y que no soy. Sea lo que sea aquello para lo que fui enviado, he desertado para quedarme entre los bucles amarillos de un tiempo que ya no volverá a fluir. Terminator, ...