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Mostrando las entradas etiquetadas como Libertarias

Día verde

8/8/18 Lluvioso y frío, aunque verde por todas partes. Verde una cintita atada a un poste de luz. Verde un pañuelo en la mochila de una mujer que sube al colectivo. Verde las plantas invernales. Verde ventanas de las que cuelgan cortinas verdes, que hoy quieren brotar para hacerse ver. Verde las pibas de segundo año, maquilladas de brillantina verde en los ojos y en los pómulos. Uñas verdes sosteniendo un paraguas.  No sé por qué hoy, pero pienso en la chica de la que me enamoré en el vuelo de Salónica a Amsterdam. No puedo sacarme su imagen de la cabeza. Como si ella, al pasar frente a un espejo (al espejo que yo fui) hubiese dejado su imagen viva. No una foto, sino esa figura corpórea, física, hecha de los más maravillosos fenómenos de la refracción lumínica.  En clase leo La Muerta de Maupassant, a viva voz, mientras las pibas se sorprenden de que que dije “chiques” y que el aborto debe ser legal, seguro y gratuito, y que el Estado no debería tener poder sobre el...

Estado de conservación

Asomarme al bullicio de una vieja red social como quien abre una ventana para ver si sigue lloviendo. Confirmar que, en efecto, nunca hubo nada para escuchar, nada para leer, nada para decir en ese mundo en el que todas las voces se cancelan entre sí. Recordar, de pronto, un libro que compré y que no leí. Sambullirme en él como en charco de agua encontrado en el desierto. Sentirme encantado de conocer una voz que me habla a los ojos como si no existiese otra persona en el mundo. Entre mis planes de escape, hay uno escrito en el pliegue silencioso del borde de un papel ahuesado.   

Dos piedras de futura mirada

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,  ella pondrá dos piedras de futura mirada  y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan  en la carne talada. Miguel Hernández Será que no hay libertad posible sin despedazarse primero. Nuestros brazos y piernas, digo, sean quizás también cadenas. O incluso aquél impulso libertario de Edipo, de arrancarse los ojos, no hace más que reafirmar que es necesario desmembrarse para ser libre. Ahora, confiemos, como el poeta, en el buen ojo de una mujer en tetas que pondrá cada cosa en su lugar cuando ya todo esté perdido.

Coronación

Un tablero, con sus piezas en posición inicial, nunca es algo quieto. Está a la espera de un desequilibrio, ya que todas las fuerzas están en juego aunque no haya jugadores. En esa estática están implicadas todas las jugadas posibles. De todas las limitaciones y los permisos del ajedrez (sus reglas propiamente dichas), hay una excepcional que quiebra cabalmente con la equidad de las leyes: la coronación de un peón. Este evento implica el despropósito de la resurrección de una pieza eliminada, o lo que es peor, su reduplicación. Importa un desequilibrio más inquietante, una superstición fantástica, que tiene de revolucionaria lo que los jugadores   tienen de conservadores. Lo que el peón no advierte ni advertirá nunca es que su investidura jamás será una metamorfosis, sino algo más parecido a un enroque metafísico: ya que su cuerpo glorioso, adornado de falsos laureles, será desplazado al margen del esquema para ser sustituido por el maldito zombi que vendrá a imponer su fe en e...

Angina de pecho

Un padre hipertenso engendra un hijo híper tenso. Algo coherente con el narcisismo hereditario. No es cuestión de genética, esa ciencia de lo inevitable que traza árboles familiares para cada patología.  Sospecho que es en lo falible de la ciencia donde habita lo posible. Ahí donde intenso e intencionado suenan igual. Pero no todo está perdido. Poner al lenguaje a desactivar dispositivos es un acto de desobediencia genética, a la vez que sugiere un ejercicio de libertad plena.   Condicionado a aparentar una erección perpetua, adopto un camino huérfano, el de la languidez. Me vuelvo permeable, esponja, lengua, y la sangre corre. El(h)ijo no morir en un ataque de hipo, ni de inflexibilidad Que mi muerte ocurra en un fluir apacible, dejándote correr adonde se te antoje.