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Mostrando las entradas etiquetadas como heraldianas

Sabrosas colas de serpiente

O la experiencia cíclica en el mundo chato Su abrazo también es imposible: la serpiente carece de brazos. Sólo le queda, no como única opción, sino más bien como destino fatal, perseguirse a sí misma y autocomplacerse. Saborear su propio cuerpo enroscada en el círculo perfecto a partir del cual el Infinito encontró su forma. El placer de su boca venenosa es también lo indiferenciado; volverse una consigo misma, recurrirse, recomenzarse, y de esa manera, nuestro reptil sin patas, consigue la inmortalidad. Sin dios mediante, sin ídolo y sin verdad última, la serpiente se basta por sí sola para ser infinita, para ser completa. Dirán sus detractores que el veneno en su dentadura fue puesto ahí por el Demiurgo –aquél cínico omnipotente–, con el único fin de que, al encontrar el placer de lo eterno, la propia serpiente se envenene a sí misma y muera. ¡Pero morirá eterna! Dirán sus espléndidos defensores. Yo, por mi parte, ni acusador ni abogado, sostengo que no morirá. Y que aunque sus...

Anamórfosis

El ejercicio de mirar sesgadamente Ciertas imágenes suponen un ángulo específico de nuestra mirada para que la refracción oblicua de los rayos de luz imprima en la retina del observador un rostro enigmático, una forma novedosa, un terror incomprensible. Así es que entidades abstractas o concretas habitan en el sesgo del aire esperando, sin torcer la mueca, a ser rescatadas del letargo por aquél que incurra en el rincón preciso, en el grado angular desde el cual la dimensión etérea se despliega como un libro que esconde maquetas de cartón. Pero estos modelos tienen vida y movimiento, ocupan su porción de tiempo y de espacio relativos, y ejercen su condición de presa ante el ojo sagaz de nuestro desengarabintintangulador predilecto. Forma de las formas, la anamorfosis es tanto un camuflaje como un mensaje cifrado, y el espectador aguzado es tanto un cazador como un criptólogo que en sus tareas de espionaje descifrará el misterio. Para su asombro, la forma cifrada tiene su forma… y ha...

La vida moderna

Obedeciendo a una costumbre milenaria, el buen iniciado en las artes de Tsu echa mano a la albañilería para levantar un monolito chato y largo en honor a su más célebre enemigo. De esta manera el espejo cóncavo de su tocateur quedará dividido en dos hemistiquios paralelos. Pero una ley más arcaica gobierna su neurona: y es que el reflejo nunca puede diferir del objeto. Por lo tanto, afirmado en el principio más absoluto de la mímesis, el joven iniciado atravesará su propio cuerpo con el muro de ladrillos hasta ser la exacta imagen de su otro en el espejo. Publicada en el número I del Heraldo de Tabarís, Ene 2009

Memoria de los átomos finitos

U olvido de los átomos finitos El día que Heráclito se bañó por segunda vez en el mismo río (mil y un años después de haber acuñado su célebre frase) sintió una necesidad irrefrenable de dejar por escrito su experiencia a fin de que mil y un años más tarde, al bañarse por tercera vez en ese río idéntico, la sorpresa no lo asaltara tan abruptamente y pudiera así por primera vez disfrutar de un baño plácido. La urgencia con la que corrió a buscar una piedra lisa sobre la cual inscribir su descubrimiento le hizo olvidar todo pudor y todo frío, y salió desnudo corriendo por todo el bosque hasta que encontró una espléndida superficie en piedra caliza. Tomó una punta de lanza y escribió "Pitágoras tenía razón". Del otro lado del mundo, aunque en un tiempo impreciso, un Zoroastro pulcro y perfumado fumaba por enésima vez el mismo incienso y sonreía cínicamente como si entendiera todo. Tiempo después, o una eternidad antes, Heráclito bajaba otra vez al río para defecar en ...