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Velas azules sobre el mar muerto

Bradbury / Crónicas marcianas Algo ha terminado de quebrarse como al crujir de los pasitos de unos niños que juegan a chapalear entre cadáveres secos como si lo hicieran sobre hojas otoñales. Marte es tierra desierta. Lo lamentan los mares de arena y las ciudades muertas con un quejido mudo. Lo saben los fantasmas telepáticos. La cultura es la huella que dejé en la arena antes de que el viento la deshaga. Marte es elegía y soledad. Bradbury no quiso que fuera la utópica órbita en la que resplandecen héroes y villanos. La rapsodia marciana es un suspiro apagándose, un réquiem de todo lo que muere y puede morir. Al cerrar el libro, el intruso extravía la mirada en un horizonte ficticio. Sabe que también terminarán en Marte algunos de sus sueños. Si no todos.

El verano del cohete

Tanto la crónica como el diario o la bitácora son tipos discursivos que solicitan un paratexto en común: la fecha. Este elemento, que finge con mejor imprecisión la ubicación temporal de los sucesos narrados, es al mismo tiempo una señal de irrealidad. Como el insecto que se camufla para darse a conocer, la fecha es verosimilitud. Y no hay nada más inverosímil que la similitud. Crónicas Marcianas se divide en capítulos y fechas, arrojadas con una vaguedad aparente pero que no se despegan de lo que en su siglo fue sinónimo de bisagra y de futuro, el año 2000. Aporta al texto lo que las conjugaciones verbales no le pueden dar: un entorno de misticismo en el que se pueda jugar con la ironía, un territorio temporal (que es atemporal) para desertar de la anticipación científica y la sensatez utópica. Hoy tenemos 2012 en nuestras narices.