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Taller de marcos I

El marco de una obra no es sólo contexto. Es también señalación, es foco, es paratexto. Dice esto es , esto no es . Suelo prestar mucha atención a esos cuadros en los que la pintura desborda hasta la madera. Muchas veces, parece que el borde de la tela (lo que ya no es la obra) constituye otro producto: algo que busca mi lectura a espaldas de la intención del autor.  Cuando el soporte es parte del discurso, cuando el marco es una nueva voluptuosidad, descubro que la comunicación entre el sentido y el fundamento no es una línea gruesa, ni una escala de grises, es un fluido inesperado. Claudio Dinzelbacher enmarca un desnudo en una espesa maraña de joyas, texturas y objetos. Un guiso aterciopelado de rojo, cosas que brillan, cosas que se mueven y encierran, como un diafragma o un esfìnter, la otra obra.

Inquietud

Esculturas blandas, los muñecos de Soledad Rithner no se mueven pero no puede decirse que estén quietos. Sus formas sugieren (o gritan a voz enmudecida) lo que nadie quiere ver, son espejos deformantes que manifiestan desde su anatomía las relaciones entre lo propio y lo otro: donde lo propio es apenas un cuerpito formulado a fuerza de costura o quizás una bolsa de sentido sin estructura rígida, y lo otro es el espacio que emplaza y ordena, es lo social que me hace sujeto. La sutura, expuesta y llamativa, bordea los miembros asimétricos como caricias punzantes, pone límite a la vez que enlaza los múltiples tejidos que constituyen una piel desnuda. Sus cuerpos, provistos de apéndices exageradamente largos o sospechosamente breves, pueden tener brazos sin manos, cabezas sin ojos, pitos sin fuerza. Pero siempre, la forma se concibe como una relación de lazos donde lo que las extremidades alcanzan se hace parte del mismo cuerpo.

De la bóveda sixtina

Capta mi atención. O freno o choco. Pero una desnudez vinílica reptó en los pliegues del muro de ladrillos hasta ser la descomunal ninfa urbana que ya no podré dejar de amar. Hay eso de vértigo por lo efímero. El peligro del olvido, de que el afiche y el engrudo enchastren su cuerpo con esa lascivia célibe que impone la publicidad. Y a la vez, la irrefutabilidad: lo escrito en la pared no es paisajismo, es paisaje. Rapta mi atención. Y me transporta en un enjambre de abejas (como palomas al Principito) a una ciudad de Graffiti, donde las casas son cuerpos, las puertas ojos, las ventanas bocas y toda la materia es penetrable. Como mi ninfa. Las bocinas me solicitan avanzar, admiro el trabajo de Lean Frizzera y, por un segundo (pestañear es saltar a otro mundo en un segundo), soy ciudadano de ese suburbio sintético al que sé que volveré en la otra esquina o en la otra.