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Mostrando las entradas etiquetadas como _Apuntes de criptozoología

Rhythm & Blues

Aquiles y el rey David eran cantores. Es decir, poseían facultades y entrenamiento mnemotécnico. O también, viéndolo de otro modo, eran dueños de un saber rítmico, conscientes de que el ritmo es la memoria de la Naturaleza. Héroes del tiempo de la oralidad primaria, tan conjetural como los dinosaurios, se hicieron eco, ritmo espacial, reverberancia. El dinosaurio me mira. Su cara de fósil mineral se tuerce en una mueca de desprecio. –¿Conjetural? Me esfuerzo en reconstruir una imagen poética de la era Mezozoica, cosa que el falso reptil interpreta como una absoluta falta de fe. –A las pruebas científicas me remito. Y yo, hablando de David y Aquiles para un muñeco de piedra con forma de dragón, intento abarcar el sentido rítmico de la transmisión. La molécula como un compás. Me refiero a los patrones, quiero decir, a los jefes. El dinosaurio, aunque es pura mandíbula, no entiende de oralidad. Y el dinosaurio está ahí. Todavía.

Bastardilla transdimensional

Calificar a la criptozoología como la ciencia con menos margen de error no sería más desopilante que decir que es la ciencia del equívoco. Incluso uno puede llegar a enunciar ambas aseveraciones sin contradecirse. Se trata, entonces, de una forma de ver. Lo cual la diferencia de las demás ciencias. No tiene sentido entrar en dicotomías como razón y fantasía, o cartesianismo y spielbergismo. Mejor todavía, entender que la concepción de universos ocultos y animales fantásticos supone casi la supresión de la duda en una lógica simple de formular: si hay lugar a dudas, hay lugar . Cosa que contrasta con la otra fórmula conocida: no hay lugar a dudas de lo que hay .  Según esta ciencia que cada día me sorprende más, existe un insecto interdimensional, que solo puede ser visto cuando está en plena metamorfosis y es capturado por una fotografía. Le llaman Rod y es similar a una vara con aletas como tirabuzón y suele aparecerse blanco y brillante saltando de un fotograma a otro. Otras...

Noemí

A Maulera di Guapa De chico imaginé al noemí adentrándose trabajosamente en su madriguera. Era seguramente un agujero hecho a fuerza de apretujones y roces de hombros contra tierra, rizos duros contra guijarros. Levantó la cabeza y me vio antes de sumergirse como si la tierra fuese un caparazón inmenso y todo su cuerpo la cabeza de una tortuga con dientes de roedor. Porque un noemí es un roedor, sin duda, un poco más chico que el carpincho pero más grande que un cuis. En un estado entre contemplativo y rapaz, despejé de hojas secas el suelo y me senté a observarlo con más cuidado. Abrí mi cuadernillo de entomólogo y escribí NOEMI en la cabecera de la hoja, junto al dibujo del Escarabajo de la Mierda. Dibujé con carbonilla un arco de rulos, un par de ojos, una nariz y una boca pintada. Tus hombros como de estatua, brillantes de mármol, tus tetas que me miran (con pezones que apuntalan) como si yo fuese la presa que trata de ocultarse entre las paredes de la tierra estrecha. Dibuj...