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En otro orden de cosas

También están aquellos a quienes alegran las novedades anacrónicas. Parecen moverse en reductos periféricos, valorando de pronto la emergencia de un objeto que, por pequeño que sea, recupera el encanto de la letra impresa y de la imagen que ocupa un lugar en el espacio. Algo que se toca, que se guarda, que se atesora intruso en la biblioteca.   En Otro Orden de Cosas orienta sus brújulas hacia esas manos que todavía se emocionan al abrir una caja. En su interior habitan imágenes y palabras sin sujeción que, desordenadas pero no caóticas, se reúnen al abrigo sustancial de un cuerpo. Igual que un cofre o un pequeño cajón, como decía Bachelard, pertenece al dominio de los objetos que se abren. Y la única llave es la mirada del lector que penetra en su intimidad para aventurar un sentido nuevo, un orden lúdico y fugaz que conceda a las cosas la sustancia efímera del goce.  www.facebook.com/enotroordendecosas  

Sistemas de posicionamiento

Según parece, la cosa está en tomar posiciones, igual que en un juego de tablero, y asumir si uno compite desde el centro o desde la periferia. Lo mismo se aplica tanto a los poetas de vanguardia como a las aves migratorias.  Al ornitólogo alemán Wolfgang Wiltshko no le interesaba mucho la poesía, por eso dedicó su vida al estudio de esos otros seres alados, más pequeños y maleables. Cada mañana se preguntaba, como si fuese lo único importante, cómo hacían para orientarse los pájaros durante sus períodos migratorios. Después de numerosas investigaciones, contando una interminable lista de disecciones, llegó a la conclusión de que ciertos pajarracos vienen dotados de cristales de magnetita en sus cerebros, lo que les proporciona una suerte de brújula natural, la capacidad de seguir el curso de campos magnéticos. La Academia de Ornitología aplaudió este descubrimiento y hoy por hoy Wiltshko se vanagloria de haber visto su rostro regordete dibujado junto al petirrojo europeo ...

Nintendo (O las verdes ideas incoloras)

La ciencia cognitiva nos devuelve al binomio alma-cuerpo. Reciclamos el concepto ;y actualizamos la terminolgía. La mente es el software. El cerebro es hardware. Quizás de puro supersticioso, en un querido sarcófago de cartón, guardo el cadáver verde y brillante de un cartucho de Nintendo. Su morfología no permite descifrar qué clase de espíritu la habitaba. No hay nada en esos senderos dorados que recuerde al plomero italiano de mostacho oscuro que comía hongos para crecer y flores para ser indestructible. Ese cuerpo quieto no se le parece en nada. La vida está del lado del que ve, nunca en la cosa. Quien lea hoy o mañana este acertijo seguramente participe de la misma maravilla.  

Rhythm & Blues

Aquiles y el rey David eran cantores. Es decir, poseían facultades y entrenamiento mnemotécnico. O también, viéndolo de otro modo, eran dueños de un saber rítmico, conscientes de que el ritmo es la memoria de la Naturaleza. Héroes del tiempo de la oralidad primaria, tan conjetural como los dinosaurios, se hicieron eco, ritmo espacial, reverberancia. El dinosaurio me mira. Su cara de fósil mineral se tuerce en una mueca de desprecio. –¿Conjetural? Me esfuerzo en reconstruir una imagen poética de la era Mezozoica, cosa que el falso reptil interpreta como una absoluta falta de fe. –A las pruebas científicas me remito. Y yo, hablando de David y Aquiles para un muñeco de piedra con forma de dragón, intento abarcar el sentido rítmico de la transmisión. La molécula como un compás. Me refiero a los patrones, quiero decir, a los jefes. El dinosaurio, aunque es pura mandíbula, no entiende de oralidad. Y el dinosaurio está ahí. Todavía.

TOC

El problema parece estar del lado del mensajero. El comunicador que vuela de una neurona a otra buscando su goce y encuentra que no hay mejor placer que viajar absurdamente. Se siente poseedor de una verdad que escapa a la mayoría de sus pares: “se hace camino al andar”. Por eso viaja por espacios prolongados, buscando el modo de demostrar que nada tiene sentido, que la repetición es un negocio acertado, y que es mejor coexistir con el patrón que aventurarse al fracaso inevitable de la anarquía.  Está claro –lo dicen los manuales en los que constan las cosas claras– que no hay nada que no sea hereditario. Lo sospechaba la Mitología mucho antes de que existiera la excusa del genoma. Por mi parte, sé que he heredado las más exquisitas aberraciones. Y en lo que me toca como padre, tal vez me avergüence un poco de sentirme satisfecho por haberle transmitido a mi hijo el defecto de sufrir aparatosamente cualquier tipo de asimetría.

Domine-moi

Ella es todo lo que no se supone. Yo, Narciso en jaque mate.  No son espejos sus ojos felinos, sino abismos de lo otro. Algo imposible de poseer –valga infinitas veces la aliteración–, que me hace inevitablemente suyo. Con total ineptitud trato de seguir mi guión, mi propia lectura del esquema. Pero ella vino para cambiarlo todo, para infectar el sentido con un universo completamente ajeno y despreciable.  Abre sus piernas de alienígena y no deseo otra cosa que una cadena en mi cuello para ser ganzúa sujeta a su llavero. ¡Domine-moi! Cubre su desnudez con criaturas muertas y quiero ser la piel que adorna su cuello imperfecto. ¡Domine-moi!  El amor no existe. Mi guión revela huecos semánticos. La Venus no vino a llenar de sentido el texto. Vino a instalar madrigueras, agujeros inéditos, mazmorras nuevas donde habitaré impaciente esperando que su boca de trufa vuelva a pronunciar mi nombre. La Vénus à la fourrure, Roman Polanski, 2013

Gallito fósil

No se puede domesticar un monstruo. La literatura y el cine alimentan la morbosa fantasía de la Bella capturando el corazón de la Bestia, convirtiéndolo en un príncipe desesperado. Pero el engendro, en pleno ejercicio de su legítima defensa, no puede dejar de ser atroz.  La calavera ovalada del tiranosaurio parece mirar por los agujeros donde pudo haber ojos de gallo, pestañeando atentos a cada movimiento de sus presas. El pico, infestado de dientes, me sonríe.  “Sé que no sos una gallina”, intento decirle para que vuelva a sentirse monstruoso. Aunque el Estado se afane en demostrar que no hay nada que temer, que el animal es un servidor público, un pollo manso que me saluda arqueando la cresta roja.  Su pisada tríptica es la misma que hace sesenta y siete millones de años. Y sigue pisando para reproducirse. En el corral o suelto en el campo, picoteando maíz con cara de hipócrita, no deja de parecerme aberrante. Es una criatura al servicio de todo lo que desprecio en e...