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TOC

El problema parece estar del lado del mensajero. El comunicador que vuela de una neurona a otra buscando su goce y encuentra que no hay mejor placer que viajar absurdamente. Se siente poseedor de una verdad que escapa a la mayoría de sus pares: “se hace camino al andar”. Por eso viaja por espacios prolongados, buscando el modo de demostrar que nada tiene sentido, que la repetición es un negocio acertado, y que es mejor coexistir con el patrón que aventurarse al fracaso inevitable de la anarquía.  Está claro –lo dicen los manuales en los que constan las cosas claras– que no hay nada que no sea hereditario. Lo sospechaba la Mitología mucho antes de que existiera la excusa del genoma. Por mi parte, sé que he heredado las más exquisitas aberraciones. Y en lo que me toca como padre, tal vez me avergüence un poco de sentirme satisfecho por haberle transmitido a mi hijo el defecto de sufrir aparatosamente cualquier tipo de asimetría.

Domine-moi

Ella es todo lo que no se supone. Yo, Narciso en jaque mate.  No son espejos sus ojos felinos, sino abismos de lo otro. Algo imposible de poseer –valga infinitas veces la aliteración–, que me hace inevitablemente suyo. Con total ineptitud trato de seguir mi guión, mi propia lectura del esquema. Pero ella vino para cambiarlo todo, para infectar el sentido con un universo completamente ajeno y despreciable.  Abre sus piernas de alienígena y no deseo otra cosa que una cadena en mi cuello para ser ganzúa sujeta a su llavero. ¡Domine-moi! Cubre su desnudez con criaturas muertas y quiero ser la piel que adorna su cuello imperfecto. ¡Domine-moi!  El amor no existe. Mi guión revela huecos semánticos. La Venus no vino a llenar de sentido el texto. Vino a instalar madrigueras, agujeros inéditos, mazmorras nuevas donde habitaré impaciente esperando que su boca de trufa vuelva a pronunciar mi nombre. La Vénus à la fourrure, Roman Polanski, 2013

Gallito fósil

No se puede domesticar un monstruo. La literatura y el cine alimentan la morbosa fantasía de la Bella capturando el corazón de la Bestia, convirtiéndolo en un príncipe desesperado. Pero el engendro, en pleno ejercicio de su legítima defensa, no puede dejar de ser atroz.  La calavera ovalada del tiranosaurio parece mirar por los agujeros donde pudo haber ojos de gallo, pestañeando atentos a cada movimiento de sus presas. El pico, infestado de dientes, me sonríe.  “Sé que no sos una gallina”, intento decirle para que vuelva a sentirse monstruoso. Aunque el Estado se afane en demostrar que no hay nada que temer, que el animal es un servidor público, un pollo manso que me saluda arqueando la cresta roja.  Su pisada tríptica es la misma que hace sesenta y siete millones de años. Y sigue pisando para reproducirse. En el corral o suelto en el campo, picoteando maíz con cara de hipócrita, no deja de parecerme aberrante. Es una criatura al servicio de todo lo que desprecio en e...

Muela de juicio

Es un arcaísmo, como toda legislatura, pero se le dice así al tercer molar. Y esto es porque la muela, como el juicio, emerge al promediar la adolescencia. Frente al juicio flamante, al entendimiento de estreno, las autoridades recomiendan su extracción en la mayoría de los casos.  Se quita lo que duele, lo que no encaja, lo que viene torcido, lo que llega tarde y así nos conformamos con dos molares por cuadrante hasta que las caries logren agenciárselos definitivamente.  Pero ahí donde el discernimiento joven había crecido de manera oblicua, ahora hay un hueco. Y como en todo agujero, ahí habita un fantasma. Intento chupar su ectoplasma con la parte más incómoda de mi lengua, con la más inmóvil, con la más escasa de papilas gustativas, sólo por la nostalgia de una sensatez perdida.

La casa de puertas impares

Siempre pensé que el concepto de piedra papel o tijera era una de las cosas más asombrosas que haya sido capaz de idear la mente humana. Se entiende que la tijera corta el papel que envuelve la piedra que rompe la tijera. Las acciones básicas a las que reduce la existencia éste juego infantil , aunque no ingenuo, son: cortar- envolver- romper. Pecando de ilustrativos, podríamos canjearlo fácilmente por: dividir- contener-destruir. Y así entregarnos a la loca carrera hacia el delirio, que nos hace ver en esto el ciclo mismo de la vida: penetrar, albergar, arruinar.  Sin embargo, cuando quise adaptar el juego a los estados de la materia tuve una alucinación de lo más metafísica (valga infinitas veces la redundancia). La nieve se vuelve agua, que se vuelve vapor, que se congela y nieva.  Al comprimirse un gas, éste se enfría. Al enfriarse el agua, ésta se expande. Hay algo de rueda en ese triángulo. Por lo tanto, una leve aunque engañosa sospecha de reversibilidad.  ...

Bruxismo

No se dañan tanto los dientes mordiendo un hueso, como cuando intentan contra toda esperanza deshacer la estructura inmortal que sostiene la existencia. Masticar la nada es un esfuerzo desmedido. Más allá de los límites de la resistencia física. Se quiebran los esmaltes, se desplantan las raíces, se luxan los huesos, se lesionan músculos y articulaciones. Todo en función de tragarse los significados, soluciones nutrientes para cada uno de mis problemas.  Hay que comer. Devorarse el mundo. Devenir Pac Man: cuando no haya más que comer, se sube de nivel y el laberinto vuelve a llenarse de puntos blancos. Comer en serio, todo, con tal de no ponerse a desmenuzar la nada; con tal de no romperse las muelas tratando de asimilar el absurdo. 

Atari

(Go) Encontrar en los juegos de tablero la sinopsis de algunas situaciones en las que me veo implicado es un ejercicio de sanación poética. Hacer de cuenta que tal cosa es posible me devuelve una sensación de alivio comparable al éxito de una buena jugada.     El go es un juego de territorio. Una partida empezada, con sus cuentas blancas y negras formando nubes, líneas y cuadros, representa la lucha por capturar el espacio neutral. Sus dos estrategias básicas (agrupar o dispersar) son indudablemente espaciales y tienen su génesis en el concepto de la neutralidad como un imposible. No hay forma de jugar al equilibrio. Sólo la inestabilidad da lugar al movimiento. El deseo de ocupar más lugar que el otro obedece al impulso de mantenerse vivo.    Atari  no es una jugada, es una señal de alarma. Mi oponente me está avisando que en el próximo movimiento puede capturar una porción del tablero que me pertenecía. No lo hace para advertirme del peligro, sin...