Es un arcaísmo, como toda legislatura, pero se
le dice así al tercer molar. Y esto es porque la muela, como el juicio, emerge
al promediar la adolescencia. Frente al juicio flamante, al entendimiento de
estreno, las autoridades recomiendan su extracción en la mayoría de los
casos. Se quita lo que duele, lo que no
encaja, lo que viene torcido, lo que llega tarde y así nos conformamos con dos
molares por cuadrante hasta que las caries logren agenciárselos
definitivamente. Pero ahí donde el
discernimiento joven había crecido de manera oblicua, ahora hay un hueco. Y
como en todo agujero, ahí habita un fantasma. Intento chupar su ectoplasma con
la parte más incómoda de mi lengua, con la más inmóvil, con la más escasa de
papilas gustativas, sólo por la nostalgia de una sensatez perdida.
La cisterna contiene, el manantial rebosa. William Blake Hubo un tiempo (creo que muy breve) en el que muchas y muchos de quienes nos dedicamos a escribir incursionamos en la autopublicación digital. Los blogs ofrecían un espacio sin intermediarios, de una escritura fresca y periódica. Cada quien elegía cuánto tiempo dedicarle a la composición del blog, a la edición propiamente dicha. Conocí sitios lindos de navegar, algunos más estructurados que otros, algunos mejor organizados que otros. Algunos imitaban revistas, otros improvisaban blocks de notas. Hubo blogs caóticos en los que a veces estaba bueno perderse y también blogs minimalistas realmente muy bellos. Las redes sociales, que fueron condicionando de alguna manera nuestro modo de relacionarnos con los contenidos, finalmente reemplazaron estos dispositivos de lectura por algo que llamaron micro-blogging. Los mediatizaron, por así decirlo, cumpliendo así con su único objetivo. No pretendo hacer de esto una especie de elegía ...
