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Coronación

Un tablero, con sus piezas en posición inicial, nunca es algo quieto. Está a la espera de un desequilibrio, ya que todas las fuerzas están en juego aunque no haya jugadores. En esa estática están implicadas todas las jugadas posibles. De todas las limitaciones y los permisos del ajedrez (sus reglas propiamente dichas), hay una excepcional que quiebra cabalmente con la equidad de las leyes: la coronación de un peón. Este evento implica el despropósito de la resurrección de una pieza eliminada, o lo que es peor, su reduplicación. Importa un desequilibrio más inquietante, una superstición fantástica, que tiene de revolucionaria lo que los jugadores   tienen de conservadores. Lo que el peón no advierte ni advertirá nunca es que su investidura jamás será una metamorfosis, sino algo más parecido a un enroque metafísico: ya que su cuerpo glorioso, adornado de falsos laureles, será desplazado al margen del esquema para ser sustituido por el maldito zombi que vendrá a imponer su fe en e...

Angina de pecho

Un padre hipertenso engendra un hijo híper tenso. Algo coherente con el narcisismo hereditario. No es cuestión de genética, esa ciencia de lo inevitable que traza árboles familiares para cada patología.  Sospecho que es en lo falible de la ciencia donde habita lo posible. Ahí donde intenso e intencionado suenan igual. Pero no todo está perdido. Poner al lenguaje a desactivar dispositivos es un acto de desobediencia genética, a la vez que sugiere un ejercicio de libertad plena.   Condicionado a aparentar una erección perpetua, adopto un camino huérfano, el de la languidez. Me vuelvo permeable, esponja, lengua, y la sangre corre. El(h)ijo no morir en un ataque de hipo, ni de inflexibilidad Que mi muerte ocurra en un fluir apacible, dejándote correr adonde se te antoje.

Taller de marcos I

El marco de una obra no es sólo contexto. Es también señalación, es foco, es paratexto. Dice esto es , esto no es . Suelo prestar mucha atención a esos cuadros en los que la pintura desborda hasta la madera. Muchas veces, parece que el borde de la tela (lo que ya no es la obra) constituye otro producto: algo que busca mi lectura a espaldas de la intención del autor.  Cuando el soporte es parte del discurso, cuando el marco es una nueva voluptuosidad, descubro que la comunicación entre el sentido y el fundamento no es una línea gruesa, ni una escala de grises, es un fluido inesperado. Claudio Dinzelbacher enmarca un desnudo en una espesa maraña de joyas, texturas y objetos. Un guiso aterciopelado de rojo, cosas que brillan, cosas que se mueven y encierran, como un diafragma o un esfìnter, la otra obra.

Zombis en Calcuta

Brite / Calcuta, señor de los nervios Vuelvo a mi ciudad natal, al útero del mundo y la concha de mi madre, por donde los muertos ya caminaban antes del apocalipsis zombi. Esa ciudad de perfumes exóticos y nauseabundos. El lugar de los templos. ¿A qué vine? Tal vez a encontrarme con la sustancia alimenticia, con el nervio caníbal. Poppy Z. Brite me conduce por calles en las que cuesta diferenciar qué está vivo y qué es carne muerta. Porque todos caminan igual, los negocios siguen abiertos, los templos se llenan de acólitos como de milagros. Las caras vecinas se parecen, los peatones deambulan hambrientos y se reúnen en las esquinas a compartir los cuerpos. Placentero y placenta son palabras similares, idénticamente nutritivas. Y ahí está Ella, mirándome con un ojo vertical entre las piernas. Kali es la diosa de este mundo. Su sonrisa parece satisfecha.

Bastardillas sin gloria

Escena uno. El demiurgo hace una demostración infalible. Entra a nuestra casa a montar el simulacro de una conversación amena. Esto es entretenimiento puro. Sólo estamos charlando mientras fingimos prestarle más atención a su retórica que a esa gota fría que tiembla de pánico en nuestra sien. Toda estructura moral se vuelve líquida y hacemos un esfuerzo por mantener la compostura, seguir el hilo discursivo, conquistar la trama. Sacamos nuestra humilde pipa de raíz de cerezo, obedeciendo a la fantasía de que el humo de tabaco puede servirnos de máscara ante el espanto. Pero él busca en sus bolsillos y desenfunda una pipa exageradamente grande. El cínico fuma, no por el placer del sabor de la madera, sino porque el humo es su esclavo. Las formas que dibuja en el aire ilustran su argumentación. Una muestra de ignomancia que nos reduce a insignificantes testigos de la grandeza. Temblamos. El miedo es un dragón de humo de tabaco. Y el artífice ha hecho de nosotros exactamente lo qu...

Humor Vítreo

Cataratas en los ojos. Otro signo inequívoco de nuestra condición espacial y geográfica. Supone un deslumbramiento, una pérdida de transparencia y un barrido de las tonalidades hacia el color amarillo. Al mismo tiempo, denota caudales y desniveles.    Mirar es hacer entrar luz por los agujeros más altos de la cara. Volverse recipiente, como siempre, de todo lo que puedan acaparar esas esferas adheridas a un manojo de nervios.  Pero un accidente geográfico, un desnivel territorial, ha producido en mí un humor caudaloso. Cae formando esta cortina que protege la caverna. Ahí me refugio de las luces exteriores, del borde de las cosas, de la nitidez exacerbada. Recurro al borramiento, al impresionismo, me pongo bizco y estoy a salvo de lo otro.   Aunque a veces (muchas veces) quisiera comprobar que existen delgadas líneas negras bordeando la geometría de las cosas, como en un dibujo animado. Por momentos necesito trazos gruesos, como la piel de Vilma Picap...

Besar a ojos cerrados

Molly encarna dos lutos. El de la amada fiel que, pasivamente, deja ir al amado a ese lugar del que nadie regresa es uno, el más fácil de ver. Es el de la Penélope que teje. El segundo transcurre en una dimensión híbrida, la que se abre como un portal entre lo esencial-irreal y lo evidente-sensorial. Es esta línea dispuesta a dilatarse (hasta ser lo mismo que dos labios abiertos) para que el argumento cumpla el propósito de su existencia. Por eso mantiene cerrados los ojos y abierta la boca. Para eso, y para no ver que se está transando a Whoopi Goldberg. Porque Penélope debe destejer para seguir amando, hacer desaparecer punto por punto el texto en que se hallaba enunciada. Sam, por su parte, experimenta dos muertes. La del nombre que no quiere dejar de ser pronunciado y la del silencio quebrado. Por eso puede volver a encontrarse solamente con la boca de la amada, que es donde está el nombre. Mientras tanto, lo normal, lo exterior, lo real, sigue siendo algo pareci...