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Nubes que son sospecha

La tormenta acecha incansable. Uno, que ha aceptado, no sin dolor y madurez, que nada dura para siempre, puede pararse a mirar el horizonte verdoso tronando sus dedos eléctricos y ser feliz al mismo tiempo. No abrazo la melancolía, trato de ensancharme al ver el camino recorrido y aquijotarme por el que hay que recorrer. Me quedo con el último tema del último disco de quien no me caben dudas es el mejor letrista del rock en español. Una rata muerta entre los geranios (link) Indio Solari Con un soplo vacío mi boca es tarde en la noche y no puedo dormir. Silenciosa mi risa está oscura domina mis labios me obliga a mentir. Niebla cubre el parque ponen un velo que quita vida y da ilusión. Necesito de algún paraíso que obligue a mi cuerpo a jugar con vos. Aunque estoy atado a tus diabluras sabés que estoy siempre a favor del adiós. Perros, como fantasmas que nos rodean en la neblina al caminar. La belleza es siempre temible y se hace difícil poder soportar cuan...

Negro de pizarra

O la lucidez metonímica Es más bien un despertar a tientas. Ese momento en que lo que estamos leyendo comienza a dibujarse en nuestro espacio imaginario pero todavía no se ha formado del todo. Con ciertos autores experimento una extrañeza agradable, un placer en eso oscuro e indefinido que no ha cobrado su forma transitoria ni definitiva. Esas primeras páginas que no parecen nada, donde no sabemos quién habla ni cuándo nació, ni qué edad tiene ni en qué idioma está hablando con quién. Esas calles sin extras y sin nombre, casas que son tal vez una pared, o un techo solo, partes de muebles y de cosas que apenas aparecen porque son nombradas por una voz que todavía no asumió sexo ni tono de gravedad. Su volumen es el de una hoja apenas desteñida por el tiempo. Quisiera que esta novela no empiece nunca. Que nunca sepa cómo se llama el que acaba de salir a esa calle. Que nada cobre su forma. Que todo sea la inespecífica sugerencia que me incomoda amablemente.

Lunar

Lo que comenzó como una imperfección de la piel, un lunar o verruga erecta, acabó por brotar primero dedo auxiliar, después miembro indeciso y más tarde tentáculo incipiente. Pensó que podría nadar y se internó en el océano agitando su cuerpo blando para darse impulso. No necesitaba en ese medio más que una gran cabeza ovalada y unos cuantos tentáculos flexibles.  Nadó por ocho horas. Y llegó finalmente al otro corner de la oficina, en el que acomodó casi 300 biblioratos en orden alfabético, cumpliendo con exactitud la demanda absurda de su jefe. Al terminar del día, lo asaltó una incertidumbre brutal: ¿Cómo acomodaría sus tentáculos en una cama?

Hacer realidad

Carver / Tres Rosas Amarillas Leo realismo en la tapa, en la solapa, en la biografía de su autor y lo pienso como una torpe nomenclatura. El texto trata de cuidar por todos los medios la forma en que fueron dichos los hechos. Cuando la realidad no se plasma sino que se construye. Se forma con relatos. No es que el cuidado de Carver en las citas y la austeridad de las descripciones reflejen la realidad, por el contrario: generan realidad, como conglomerado de textos, construyen a partir de las formas del relato, incluso de esas formas elididas de las que se alimenta el minimalismo. Publicado en La Comunidad Inconfesable Nº 19 (Enlace)

Libro al agua!

Se supone, dice el autor dentro del autor, que nadie lanzaría nunca un libro al agua. "Nadie. Nunca. Jamás." Y el agua, aquello en donde flotan los cuerpos y los papeles, también es un espacio al alcance de cualquiera que se anime a sumergirse, a mojarse como Dante en la orilla estigia. Se rescatan, reescriben o interpretan fragmentos del libro flotante y uno se encuentra ya suspendido: sostenido por la delgadísima y resistente red que enlaza la superficie del mundo líquido. Leonardo Valencia, como Caytran Dölphin, se atrevió a dejarse flotar. (hola, vengo a flotar...)

Noemí

A Maulera di Guapa De chico imaginé al noemí adentrándose trabajosamente en su madriguera. Era seguramente un agujero hecho a fuerza de apretujones y roces de hombros contra tierra, rizos duros contra guijarros. Levantó la cabeza y me vio antes de sumergirse como si la tierra fuese un caparazón inmenso y todo su cuerpo la cabeza de una tortuga con dientes de roedor. Porque un noemí es un roedor, sin duda, un poco más chico que el carpincho pero más grande que un cuis. En un estado entre contemplativo y rapaz, despejé de hojas secas el suelo y me senté a observarlo con más cuidado. Abrí mi cuadernillo de entomólogo y escribí NOEMI en la cabecera de la hoja, junto al dibujo del Escarabajo de la Mierda. Dibujé con carbonilla un arco de rulos, un par de ojos, una nariz y una boca pintada. Tus hombros como de estatua, brillantes de mármol, tus tetas que me miran (con pezones que apuntalan) como si yo fuese la presa que trata de ocultarse entre las paredes de la tierra estrecha. Dibuj...

Payasada

Y es un poco de historia repetida, que venga a decirse que yo (por estos dichos o por otros, siempre y cuando no aparezca el verdadero culpable ante ese tribunal absurdo) no reparo en basuras como esa que ahora se oye de que yo ando repitiendo los gags y que interrumpo el show en momentos diferentes para tratar de confundir al público a fin de que no se den cuenta de que una misma historia, más o menos renovada, ha sido representada una y otra vez desde el principio de los tiempos. ¿Es que no han visto aún que dos circos son iguales así estén en Lujan o en Camboya, y que el rojo es el rojo y el blanco es el blanco? Por mí pueden todos morirse literalmente de una última carcajada que les haga escupir su hipócrita y biliar sonrisa. Llevo una calavera con nariz esférica. Caigo de un cubo de madera y me golpeo la cabeza sin pelo con el manubrio de la bicicleta que al sonar una bocina hace que se desajusten los tiradores que sostienen mis pantalones sobre un par de zapatos exageradamente...